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El centro juvenil Maranguita opera con fases de reinserción que incluyen evaluación psicológica y talleres productivos, pero enfrenta hacinamiento como los penales de adultos.
El centro alberga a 820 adolescentes pese a tener un diseño para 520, lo que representa un riesgo para la reinserción.
Cuando un menor ingresa, pasa por la fase de introducción diagnóstico, que dura los primeros 50 días.
Luego viene la fase de preparación para el cambio, donde se le clasifica según el motivo de ingreso y puede pasar varios años.
La tercera fase es desarrollo personal, con talleres de carpintería y artesanía. La fase final es la zona de autonomía o Bosco, donde los jóvenes trabajan en talleres y están próximos a salir.
La sobrepoblación impide la rehabilitación y los familiares alertan sobre episodios de violencia al interior del centro.
En el proceso se mezclan jóvenes de 15 años con otros que pueden tener 22 y seguir cumpliendo encierro.
Mezclar menores de edad y jóvenes adultos es contraproducente y genera el llamado riesgo criminal, según el relato.
Una madre cuyo hijo acaba de salir del centro denunció maltratos de parte de otros internos.
“Él me decía que yo no se podía bañar sin ropa porque estaban esperando hacerle cualquier cosa con el cepillo”, relató. Añadió que había gente con palos y que cuando denunció, las cosas fueron peores para él.