Cada vez que la tierra se mueve, es común escuchar que ocurrió un “temblor”, un “sismo” o incluso un “terremoto”. Estas palabras suelen utilizarse de distintas maneras en el lenguaje cotidiano, especialmente cuando se intenta describir qué tan fuerte fue la sacudida o si dejó daños.
Sin embargo, el uso de estos términos suele generar dudas. En esta nota te explicamos si existe realmente una diferencia entre sismo, temblor y terremoto, qué dice la ciencia sobre estos conceptos y qué factores determinan los efectos de un movimiento sísmico.
Desde el punto de vista técnico, las tres palabras hacen referencia a la vibración repentina del suelo o del subsuelo producida por el paso de ondas sísmicas. Por ello, no existe una magnitud específica que determine cuándo un movimiento deja de ser un sismo para convertirse en un terremoto.
Hernando Tavera, presidente ejecutivo del Instituto Geofísico del Perú (IGP), señala que la diferencia responde principalmente a la manera en que estos términos son utilizados por la población. “En términos generales un sismo, un temblor o un terremoto significan vibración súbita del suelo o del subsuelo debido al paso de las ondas sísmicas. Técnicamente son lo mismo, son sinónimos”, señaló a Agencia Andina.
En el lenguaje cotidiano peruano, es frecuente utilizar la palabra “temblor” para describir una sacudida que no ocasionó daños importantes y “terremoto” cuando el movimiento provocó destrucción o víctimas. Sin embargo, esta clasificación no corresponde a un criterio establecido por la sismología.
Tavera explicó que esta forma de diferenciar las palabras responde a una costumbre arraigada en el país. “Solamente aquí en el Perú asociamos a distintas palabras. Entonces, para no entrar en discusión, nosotros preferimos utilizar el término sismo”, indicó. En otros países, agregó, existe una sola denominación para referirse a los movimientos telúricos.
La magnitud permite conocer el tamaño de un sismo y la cantidad de energía que libera en su origen, pero no determina por sí sola el nivel de daños que tendrá en la superficie. Para evaluar cómo se sintió el movimiento y cuáles fueron sus efectos en una localidad se utiliza otro concepto: la intensidad.
“Cada vez que se incrementa la magnitud en un grado significa 30 veces más energía”, explicó Tavera. Esta diferencia permite comprender por qué un movimiento de mayor magnitud no necesariamente ocasiona más daños en una determinada ciudad que otro de menor magnitud.
La profundidad y la ubicación del epicentro son algunos de los elementos que influyen en el nivel de sacudimiento que experimenta una población. Un sismo moderado, pero superficial y cercano a una zona urbana, puede generar daños importantes, mientras que uno de mayor magnitud y ocurrido a gran profundidad puede sentirse en un territorio amplio sin provocar una destrucción equivalente.
Las condiciones del terreno también tienen un papel importante. Los suelos duros tienden a atenuar las ondas sísmicas, mientras que los suelos blandos pueden amplificarlas. A esto se suma la calidad de las construcciones: las viviendas vulnerables pueden sufrir mayores daños que aquellas edificadas adecuadamente y sobre terrenos con mejores condiciones.
Para determinar los efectos que un movimiento sísmico produce en la superficie, el IGP utiliza la escala de Mercalli, que tiene 12 grados, desde I hasta XII. A diferencia de la magnitud, que corresponde al evento sísmico en su origen, la intensidad puede ser diferente de una localidad a otra.
Tavera puso como ejemplo el sismo ocurrido en Piura en 2020. En las zonas cercanas al epicentro, como Sullana, Piura y Paita, se registró una intensidad VII en la escala de Mercalli modificada, mientras que en Tumbes fue IV y en Guayaquil, Ecuador, llegó a II. Esto demuestra que un mismo sismo puede producir efectos distintos dependiendo de la distancia y las condiciones de cada lugar.
Existe la creencia de que los movimientos de baja magnitud permiten liberar energía acumulada y, de esa manera, evitar un gran sismo. Sin embargo, Tavera explicó que los eventos pequeños no liberan una cantidad de energía comparable con la de un movimiento de gran magnitud.
“Imagínate, por un lado, que regresas de la playa, sacudes las zapatillas y caen algunos granitos de arena en el piso y, por otro lado, que venga un volquete lleno de arena y descargue en la puerta de la casa. Esa es la diferencia entre un sismo de magnitud baja con uno de magnitud alta que sí libera energía”, explicó el presidente del IGP.